Etimología de las palabras ‘sortija’, ‘primavera’, ‘amoniaco’, ‘diezmar’, ‘grifo’, ‘azar’ y ‘gueto’

SORTIJA. Desde tiempos remotos, el anillo ha estado ligado a la magia y la adivinación tanto en Oriente como Occidente: su forma circular en la que no cabe principio ni fin hizo de él un símbolo de unión y eternidad (de ahí su uso, ya en el antiguo Egipto, para sellar alianzas matrimoniales). sortija_René Quirós.png
Este objeto de aparente halo poderoso fue muy preciado por hechiceros y sibilas para hacer predicciones o conjuros, pero también como talismán o amuleto. Por esta razón fue denominado sortija, del latín sorticŭla, literalmente ‘pequeña suerte’, que a su vez, al igual que sortilegio, deriva de sors, sortis, ‘suerte’. El término sortija pasó asimismo a ser el nombre de una competición medieval (aún hoy presente en Argentina y Uruguay) en la que los caballeros, cabalgando a toda velocidad, tenían que ensartar la punta de su lanza en una anilla o sortija, y, como apunta el etimólogo Joan Corominas, era “suerte notable” lograrlo.

PRIMAVERA. “La primavera es cuando crece la sangre, y así la da a las venas”, escribe Sebastián de Covarrubias en su Tesoro de la lengua castellana (1611) en alusión al vigor con que la naturaleza vuelve a la vida durante esta estación y que nos recuerda el refrán “La primavera la sangre altera”. primavera_René Quirós.png
El lucir alto del sol y el nacer de las flores fue para los antiguos romanos motivo suficiente para considerarla el periodo más importante. Por esta razón, para ellos el año comenzaba en el mes de marzo, y la primavera era el espacio primero entre el invierno y el verano, al que denominaron primo vere, que en latín vulgar evolucionó a prima vera, ‘la primera primavera’. El elemento vera lo hallamos también en la voz verano, que procede de veranum tempus, esto es, ‘tiempo primaveral’.
Así, la primavera abarcaba solo el inicio del verano, hasta abril. Aunque hoy contamos con cuatro estaciones, hasta el Siglo de Oro estas se entendían tal y como refleja esta cita del Quijote: “La primavera sigue al verano, el verano al estío, el estío al otoño, y el otoño al invierno, y el invierno a la primavera, y así torna a andarse el tiempo con esta rueda continua”.

AMONIACO. Este gas incoloro y de olor irritante, cuya fórmula es NH3, fue bautizado deamoniaco_ René Quirós este modo en 1782 por el químico sueco Torbern Bergman (1735-1784) debido a que se obtenía a partir de sal amoniacal, que es precisamente lo que significa su nombre latino ammoniăcum, del cual procede la voz amoniaco o amoníaco, ambas grafías aceptadas por la Real Academia Española.
Ammoniăcum, por su parte, deriva del griego ammōniakón, ‘del país de Amón’. Este era el nombre por el que los antiguos helenos conocían el oasis de Siwa, en Libia, pues allí se erigía uno de los templos más famosos consagrado al dios egipcio Amón, en cuyas proximidades se extraía dicho compuesto que viajaría a Occidente.

 

DIEZMAR. Esta palabra, que hace referencia al gran número de bajas sufridas en una población como consecuencia de una enfermedad, una catástrofe natural o cualquier otra calamidad, esconde una historia de la antigua Roma que pone los pelos de punta: la de un castigo militar drástico cuyo objetivo era mantener a sus legionarios lejos de la idea de organizar motines o de retroceder ante el enemigo. diezmar_René Quirós.png
La medida, de carácter ejemplarizante, era conocida como decimatio, término que deriva de decimāre, ‘matar a uno de cada diez’, y en esto justamente consistía la pena, en escoger, por sorteo, a uno de cada diez hombres y ejecutarlo. Por lo general, el condenado era lapidado o apaleado por sus propios compañeros hasta morir. Máximo castigo de la disciplina castrense romana y poco habitual, pues suponía una merma del 10 % de las huestes, la decimatio más sonada fue la aplicada por el cruel Marco Licinio Craso en el siglo I a. C. A este general le fueron asignados cuarenta mil soldados para sofocar de una vez por todas la revuelta de esclavos liderada por Espartaco que este inició en el año 73 a. C.
Se cuenta que Craso impuso el castigo a la totalidad del ejército por las lamentables derrotas que sus predecesores habían sufrido durante enfrentamientos previos, debido a que muchos de los legionarios, desmoralizados ante la implacabilidad de los gladiadores, dispuestos a morir por su libertad, bien habían arrojado las armas, bien habían huido. Para Craso estos actos de cobardía bastaron para eliminar de un plumazo a nada menos que cuatro mil de sus hombres.

GRIFO. En la mitología griega, los grifos eran unas criaturas fabulosas que poseían cuerpo de león y cabeza y alas de águila y estaban consagrados al dios olímpico Apolo. Según la leyenda, custodiaban tesoros y se mostraban sumamente feroces a la hora de defenderlos frente de los arimaspos, seres de un solo ojo que no cejaban en su empeño de arrebatárselos. Pero ¿ cómo llegaron estas aves híbridas a dar nombre a las llaves de agua de nuestros baños y cocinas?grifo_René Quirós.png
Pues bien, los grifos fueron adoptados por los antiguos helenos a partir del arte babilónico donde aparecían representados, y también hallaron su espacio entre los romanos. En el Medievo el uso de motivos de animales antropomórficos en ornamentos y decoración arquitectónica se convirtió en una práctica habitual, tal y como se aprecia, por ejemplo, en las gárgolas de catedrales góticas.
Hoy, las llaves colocadas en la boca de las cañerías para regular el caudal de agua rinden homenaje a los grifos precisamente porque en el pasado también se acostumbraba a adornar fuentes y caños con cabezas de criaturas fantásticas, a las que se atribuían poderes protectores. La voz grifo viene del latín gryphu(m), ‘bestia fabulosa’, que, a su vez, deriva del griego gryps, con el mismo valor.

AZAR. “Lo mejor de los dados es no jugarlos”, dice el refrán para advertir sobre los riesgos de acometer empresas arriesgadas, como lo es mismamente el hecho de dejar en manos del azar, en este caso, la combinación que surja del lance de unos dados, el azar_René Quirós.pngdestino de un hombre, que, si la fatalidad así lo quiere, puede perder hasta la camisa que lleva puesta. Ese constituye el peligro de este entretenimiento al dedicarlo a las apuestas.
Así es. Y la suerte resulta tan caprichosa que incluso la palabra azar ha encontrado su origen en este juego de ventura. Proviene del arabismo zahr, cuyo significado originario era el de ‘flor’ y que evolucionó más adelante para dar nombre en español a la flor del naranjo, el azahar (de az-zahr). Pero zahr también pasó a designar vulgarmente la taba –hueso astrágalo de un mamífero mediano que se usaba para jugar, antecesor del actual dado–, debido a que en una de sus caras se pintaba una flor para señalar el lance desfavorable. Luego, de ‘mala suerte’, ‘desgracia’ o ‘riesgo’ adoptó el sentido actual de casualidad o suerte.

GUETO. Para dar con el origen de esta palabra, que se aplica a la zona en la que son obligadas a vivir personas marginadas por la sociedad, debemos viajar a Venecia, concretamente al barrio de Cannaregio. Allí, en una superficie de 105 por 93 metros gueto_René Quirós.pngamurallada y rodeada de canales, llamada Gheto Novo, fue donde en 1516 se estableció por decreto la primera judería de Occidente. Los judíos confinados en aquel lugar podían circular, identificados debidamente, por la ciudad durante el día, pero no así al caer la noche, que era cuando los accesos eran vigilados para evitar su salida. Su situación se mantuvo de este modo hasta 1866, fecha en que se dio fin a la segregación, y a los judíos se les reconocieron los mismos derechos que a los venecianos.
Hay quien sostiene que gheto (en dialecto veneciano, escrito con una sola te; en italiano, con dos) sería una aféresis (supresión de una o más letras al inicio de una palabra) de borghétto, ‘burgo pequeño’. Sin embargo, la tesis más aceptada es que el islote llevaba tal nombre debido a que en el siglo XIV albergó una fábrica de fundición: gheto, hoy escrito getto, derivaría de gettare, que es el acto de verter el metal líquido en un molde.

 

 

 


 

Nota: Ilustraciones de René Quirós para la revista Preguntas & Respuestas de Muy Interesante (n.º 40, 2017), donde publiqué este artículo en la sección «De palabras».

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