La frase más larga de la literatura

En el siglo pasado, no pocos autores se animaron a escribir parrafadas inacabables, sin signos de puntuación o con comas que sustituyen los puntos. Ahora bien, no pueden considerarse oraciones en sentido estricto, sino más bien experimentos literarios que en algunos casos llegan a agobiar al lector. Un caso extremo es el del escritor polaco Jerzy Andrzejewski (1909-1980), que publicó en 1962 Las puertas del paraíso, una novela escrita por entero con una sola frase, cuyas primeras 40.000 palabras se suceden sin ser interrumpidas por ningún signo de puntuación. Otro buen ejemplo es la novela Cristo versus Arizona (1988), de Camilo José Cela, cuyas más de cien páginas solo tienen un punto, el final.

Descartando estos casos y otros parecidos, el campeón de los enunciados de largo recorrido es por antonomasia el novelista francés Marcel Proust (1871-1922), amante de las oraciones subordinadas, los incisos y las digresiones. En el volumen La prisionera (1952), de En busca del tiempo perdido, encontramos la que se considera la frase más larga de la literatura:

«Sofá surgido del sueño entre los sillones nuevos y muy reales, unas sillas pequeñas tapizadas de seda rosa, tapete brochado a juego elevado a la dignidad de persona desde el momento en que, como una persona, tenía un pasado, una memoria, conservando en la sombra fría del salón del Quai Conti el halo de los rayos de sol que entraban por las ventanas de la Rue Motalivet (a la hora que él conocía tan bien como la propia madame Verdurin) y por las encristaladas puertas de La Raspèliere, adonde la habían llevado y desde donde miraba todo el día, más allá del florido jardín, el profundo valle de la * mientras llegaba la hora de que Cottard y el violinista jugaran su partida; ramo de violetas y de pensamientos al pastel, regalo de un gran artista amigo ya muerto, único fragmento superviviente de una vida desaparecida sin dejar huella, resumen de un gran talento y de una larga amistad, recuerdo de su mirada atenta y dulce, de su bella mano llena y triste cuando pintaba; un arsenal bonito, desorden de los regalos de los fieles que siguió por doquier a la dueña de la casa y que acabó por adquirir la marca y la fijeza de un rasgo de carácter, de una línea del destino; profusión de ramos de flores, de cajas de bombones que, aquí como allí, sistematizaba su expansión con arreglo a un modo de floración idéntico: curiosa interpolación de los objetos singulares y superfluos que aún parecen salir de la caja en la que fueron ofrecidos y que siguen siendo toda la vida lo que en su origen fueron, regalos de Año Nuevo; en fin, todos esos objetos que no sabríamos diferenciar de los demás, pero que para Brichot, veterano de las fiestas de los Verdurin, tenían esa pátina, ese aterciopelado de las cosas a las que añade su doble espiritual, dándoles así una especie de profundidad; todo esto, disperso, hacía cantar para él, como teclas sonoras que despertaran en su corazón semejanzas amadas, reminiscencias confusas y que en el salón mismo, muy actual, donde ponían su toque acá y allá, definían, delimitaban muebles y tapices, como lo hace en un día claro un cuadrado de sol seccionando la atmósfera, los tapices, y de un cojín a un jarrón, de un taburete al rastro de un perfume, perseguían con un modo de iluminación en el que predominaban los colores, esculpían, evocaban, espiritualizaban, daban vida a una forma que era como la figura ideal, inmanente en sus viviendas sucesivas, del salón de los Verdurin».

* En la edición francesa de la Bibliothèque de la Pléiade se advierte de que Proust dejó en blanco el nombre.

marcel_proust

 

Nota: Entrada publicada en mi libro Compendio general e innecesario de cosas que nunca pensó que le fueran a importar (Debate, 2013).

 

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